Se arrebujaron entre las sombras de la bodega con la esperanza de pasar desapercibidos tras los sacos de trigo que el barco transportaba. El frío, la noche y la humedad se confabularon para crearles un presentimiento amargo: tal vez los descubrirían, volviéndoles a puerto; tal vez no conseguirían sorportar, aunque se mantuviesen en secreto y ocultos, los veintitrés días de travesía. Ayer eran campesinos que soñaban una vida mejor: hoy tan sólo polizones en busca de una vida nueva. Ayer tenían apellidos y lengua y costumbre y una soledad compartida en la humildad con los suyos: hoy sólo eran sombras frías tras los sacos de trigo. Sombras desposeídas de la luz que las hacía posible, sombras errantes y huidizas. Su único oficio era esconderse.
Hubo ruidos, pasos que se acercaron peligrosamente: celebraron su miedo al descubrir que una rata gorda era la luna del miedo reflejada en el estanque de su estómago. Se la comieron viva y aún la sangre de sus mordiscos en las manos sirvió de alimento. Al cuarto día de navegación se contaron. Eran veintiocho hombres teniendo cada uno por su sombra y todos, en aquel silencio hambriento, habían empezado a olvidar su lengua. Se palparon tenuemente, reconociéndose: eran los que iban, en la oscuridad, hacia la vida.
Tenían hambre y, sobre todo, sed. Con una navaja habían abierto un saco, y al décimo día otro, pero las semillas de trigo sin moler, masticadas lentamente, les daba una sed tremenda que no saciaba el hambre. Temblorosos, alguna vez se arriesgaron hacia lo que parecía una gotera y lamieron con avidez las tablas húmedas.
“Rodeados de agua. Estamos rodeados de agua y yo con tanta sed”, pensó.
A los quince días, cuando ya se dieron cuenta que era demasiado caro devolverlos a puerto, se atrevieron a salir de la sombra y esquivando muchos obstáculos subieron a cubierta. La luz, el sol, la nada: alrededor del barco sólo un vacío de miedo y de incertidumbre; pero eso, por lo menos, se parecía a la vida. Fue en cubierta donde se vieron por primera vez los ventiocho; a todos los pasajeros legales los habían vacunado en el dedo índice de la mano derecha y, para tapar la herida, les habían vendado con un pañuelo el dedo. Los polizones también se vendaron: pero en la mano izquierda, en la que podían. Temblaron de miedo, pero nadie se dio cuenta.
Los días pasaban, el sosiego era algo que siempre estaba en el tránsito de la incertidumbre y la desesperanza. Entre los ventiocho crecía el miedo: se habló de alguien a quien habían tirado por la borda una vez descubierto.
Volvieron al rincón de las sombras. No se movieron y masticaron aquellas semillas de trigo que se hicieron pan en su imaginación.
Amanceció, tocaron las sirenas. Mi bisabuelo se sorprendió de que se dijera a sí mismo en la lengua de los poderosos lo que pensaba su corazón aún aldeano:
–Eso es Buenos Aires, lo presiento.
Murió en 1971. Me dio una naranja para que recordase que el mundo era muy amplio. Había vuelto a su lengua primera, al asturiano.
-¿Y qué te queda allí? –le pregunté.
–Lo importante no es lo que queda allí de mí, sino no lo que ha quedado de allí en mí. ¿Entiendes lo que te digo, miou nenu?