La cocina de leña

Para preparar esta página  me levanté, en plena noche, a mirar la luna; necesitaba tres o cuatro gotas de su luz, no sé por qué, pero me lo mandaba el sueño y esas cosas las obedezco yo no sé si supersticioso o reverente. A través de las ventanas, sin embargo, no se veía gota: una lluvia terca caía, fría y oscura, inundando el jardín y el pozo, un aljibe antiguo, se llenaba con rumor de fuente que habla de la infancia. Observé entre la tiniebla a ver si atisbaba algún rayo, por pequeño que fuera, y recitaba mientras tanto aquel poema de Matsuo Bashô en el que los cipreses chorrean húmeda luz de luna, pero sólo percibí el canto del gallo. Mis vecinos se han comprado un gallo joven, que ostenta sus andares de rey en el gallinero, y desde hace unos días, a las cinco de la mañana, la noche tiene un destello de diamante despierto en sus entrañas. Como no había luna, recogí en mi memoria el canto del gallo; como la luna andaba por Valencia, metí en el bolso de mi sueño el rumor de la fuente. Muchas veces me ha pasado ir al huerto por perejil y, como no lo encontraba, volverme con un ramito de romero o albahaca. El guiso salía distinto, pero sorprendía más. Muchas veces he salido en busca de un libro o de una calle –allá en los amaneceres de Roma– y he vuelto a casa con la imagen blanca de Paulina Borghese. Esas cosas tiene la búsqueda: tú sales a buscar y vuelves a tu circunstancia con lo que te encuentra.

Me volví a dormir, naturalmente, hasta las ocho y media. Me levanté, saqué de bolsillo el canto del gallo y lo puse sobre la masera; preparé mi café, lo mezclé con azúcar y presentimientos, y le añadí, por si me daba fuerzas, el rumor de la fuente. Un aljibe que recoge la lluvia terca y oscura cayendo en mi alma tiene que ser bueno. Un café, de buena mañana, se asemeja al tónico de la voluntad: todo recomienza, todo echa a andar lentamente, todo se predispone al buen suceso. Seguía lloviendo, a raudales, y fui a la cuadra a hacer leña, unas cuantas astillas tan sólo, para poder atizar la cocina después con carbón. Encendí el fuego y mientras las llamas se animaban yo leía: hay un poema chino del siglo IX que es una canción. Una muchacha le dice a su amigo que no se encamine por el sendero del bosque, donde ha plantado un abedul: no es que tema por el abedul –canta– sino porque sus padres se oponen al encuentro; tras eso, le dice que no pise por donde ha sembrado el sándalo (no es que tema por el sándalo, sino que sus hermanos se oponen al encuentro); después, ya se sabe: hay un jardín con una mimosa a punto de florecer, pues casi ya es febrero, y le dice que no pase por allí: es muy probable que su madre, que se opone al encuentro, esté allí esperándole.

En la última estrofa, que le he añadido yo, ya no habla la muchacha sino el amor turbado: “No temas a mi padre, no temas a mis hermanos, no temas a mi madre: / sigue el camino que bordea el abedul y atraviesa el campo de sándalo. / Llégate hasta el jardín donde la mimosa casi en flor / te espera sin que yo me oponga a tu encuentro. / Soy yo quien canta, amor mío, hablando con el viento. / ¡Si fuera capaz de convencerle para que estas palabras / llegasen tras el puente de Tzu donde estás sin atreverte!”.

Tras la lectura piqué ajo, pimientos del Padrón, un poco de calabacín y una ñora sola traída (y lo siento por la rima) de Tarragona. Lo puse todo a sofreír a dulces sobre la chapa de la cocina. Saqué los langostinos del congelador, les corté la cabeza y, en una pota, preparé el caldo. Me arriesgué y salí a la huerta: arranqué unos nabos, que se dieron este año muy bien, y la “naviza”, que es como en Asturias llamamos a los grelos, se la eché cortadina como una lágrima al fumée. Todo muy lentamente, como convenía al día, dejando que las cosas encontrasen su sabor verdadero. Hasta dudé en echarle un punto de pimienta: si en mis manos estaba la luz de la luna no encontrada, y el rumor del pozo que no calla, ¿no sobraría el picante?

A la una de la tarde ya había repasado mi correspondencia, atendido mis mails, jugado con mi hija, hojeado tres o cuatro libros. Acabé, que lo había empezado el día anterior, “El reino de este mundo” de Alejo Carpentier y me di cuenta de que ya lo había leído y que mi memoria, davidosa, lo había olvidado para volverme a poner, cara a cara, ante la revelación. Llegó el panadero a su hora, me entregó el pan del día  y la prensa que le encargué. Eché entonces el arroz, después el doble de agua del fumée con su punto de sal, que si no la naviza le daba un punto amargo que arañaba la bóveda  acampanada de la memoria. Los langostinos ya no eran escarcha sino la pulpa rosácea de los dedos de la aurora. Todo preparado, todo a su punto: nada importante, todo esencial.

Me miré entonces en el espejo negro de la chapa de la cocina. En el hogar ardían mis pensamientos. Recordé las manos de mis abuelas trasegando los cazos. Recordé la paciencia. Algo he aprendido, me dije sonriendo mientras le echaba otra paletada de carbón.

Mi gata se acurrucó, contorneándose como un velero que libra dos peñas conocidas, entre mis piernas. Parecía preguntarme:

–¿Y aquel muchacho que vivía tras el puente de Tzu, se decidió finalmente a visitar a su amada?

Y yo le contesté:

–Eres gata, amiga Prúa, pero no conoces a las mujeres. Si te tienen que decir por dónde tienes que ir, ¿qué mérito habrá en que las encuentres? Eso lo valoran mucho. Te pueden dar señas oblicuas, pero no indicaciones precisas.

Maulló conforme, pero no me daba la razón. Recogí el kikirikí del gallo que había dejado sobre la masera. Lo eché en el arroz. Un relámpago en la noche que preludia un verso de Saint John Perse. Etcétera, etcétera.

2 pensamientos en “La cocina de leña

  1. He leído con inmenso placer la “receta” tan hermosa de “La cocina de leña”. Sabia armonización del placer de los sentidos, de las emociones, de los recuerdos y de los pensamientos en la cocina mágica de una prosa con profundo aroma lírico.
    Muchas gracias, Xuan.
    He llegado a ti, por medio de otro escritor al que admiro: Josep Igual. La literatura, en estos tiempos, y siempre, nos ofrece una luz para contemplar aspectos invisibles de la realidad. A mi, en efecto, me enseña a vivir.

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